jueves, 19 de febrero de 2009

El Mar Vivo

Era una de esas mañanas tétricas con el cielo saturado de nubes grises y pesadas, aparentemente a punto de explotar. El viento calido y reminiscente de una selva tropical en la cumbre de su calor combinada con la humedad llevaba recuerdos del mar: menudos pedazos de sal y arena invisible al ojo pero sentido por la piel, al que le pegaba obstinadamente y sutilmente. La playa estaba llena de gente pero el mar solitario solamente llevaba unas gaviotas pescando por su desayuno, zambullendo ágilmente cuando vieron los cuerpos lustres plateados subiendo a la superficie. Nadie tenía la osadía a aventurar a entrar el mar ondulante con las olas que reventaron violentamente causando el agua a saltar cinco metros con los extremos de las olas blanqueadas por la velocidad y el impacto, afilados como las espadas de los guerreros samurai.

Al mediodía el sol empezó a revelarse tímidamente desde atrás de las nubes y la multitud de gente, primero un chico soleado que pareció a frecuentar esa playa, seguido por su amigo, luego un grupo de niños vigilados por sus padres seguidos por un par de parejas jóvenes, entraron el tentada agua lentamente hasta que la playa estaba casi vacía excepto los que tenían la importante y menos glamorosa responsabilidad de cuidar las pertenencias de sus familiares, amigos e hijos. Sintiéndose curiosa y valiente, ella entró al mar que siempre le atraía con su profundidad azul, a veces turquesa, y su extensivo cuerpo de agua, donde ella imaginaba perderse. El ritmo del movimiento de las olas sincronizó con su propia respiración y ella se derritió dentro del mar, convirtiéndose parte de esa gran masa nebulosa e infinita. Alejándose de la orilla, ella se entregó aun más profundamente al mar. Con las espaldas al océano, ella yació encima del agua que soportaba su cuerpo como si fuera una pluma, rozando las dos superficies elementales simultáneamente, el aire y el agua, entre el cielo y el mar que refleja uno al otro.

Wooossshhhh…woooshhhh...silenciosamente y subidamente un encuentro desafortunado y casi trágico de las olas la sumergió. Ella despareció de la superficie del océano mientras que las olas continuaron su camino hasta la orilla. El mundo abajo era turbio y silencioso excepto por el sonido del látigo de su corazón que aceleró cada vez más. Succionada adentro del tornado que la envolvía y sacudía ferozmente, ella retorció su cuerpo involuntariamente sin control, guiada por la coreografía del poder inmenso e inmedible de ese cuerpo del agua. Sin tiempo para pensar, ella luchó con golpes contra su enemigo mudo e invidente para poder salir encima de ello por un milisegundo para tomar una respira de aire antes de perder su posición ventajosa y hundir de nuevo al abismo. De nuevo la fuerza de su entorno la centrifugó sin merced hasta trasladar dentro de su cabeza, causándola a girar y dar vueltas que ya hace tiempo había perdido su sentido de dirección.

Llegó un momento raro e infinitésimo de calma y ella con toda su fuerza instintivamente empujando su cuerpo hacia el aire, hacia el cielo, hacia la libertad, hacia la vida, saltó y movió su cuerpo en todo los modos que sabia, batiendo sus brazos desesperadamente y gritando, “Auxilio, auxilio, socorro, ayúdame!” cuando el agua paró de entrar su boca. Le pareció que estuviese en el medio del océano pacifico sin orilla en vista hasta que por fin, ubicó con dificultad la playa con las personas disminuidas hasta que eran miniaturas y sumando todas sus fuerzas empeñó nadando hacia la orilla. Era inútil. Inmediatamente las olas trituraron sobre ella; ella cerró sus ojos y con el último de su aliento, hundió adentro de la maquina que amenazó con quitarla de su vida. Enervada por la lucha contra esa fuerza acerosa y encarnizada, ella resolvió a mantenerse con el aire que quedó en los pulmones. Ella ya no tenía energía ni para luchar ni para tomar una pizca de aire; solamente tenía para conservar su estado entre el rendimiento y la resistencia.

Con los pulmones llenándose de agua tragado, ella subió al superficie por el ímpetus de las olas que la empujaron una vez mas, por un momento fugaz al aire pero esa vez, ella escuchó voces y vio figuras saliendo por momentos de la profundidad azul, aquella que la atrapó. Zambullendo sin querer ella perdió la vista pero en lugar de aquella, sintió dos parejas de manos agarrando sus brazos flácidos que perdieron su poder de apoyarse. Escuchó de nuevo las voces, pero esa vez con palabras descifrables, “Alístate, vamos a salir de aquí, vamos a zambullir, no respires”. Por la primera vez en que pareció horas, ella podía respirar hasta que sus pulmones ya no podían aguantar más. El cuerpo rogaba por el dulce aire. La playa acercó y ella, fatigada y jadeando por la carencia del oxigeno, mareó en el amparo de la vida escapando el abrazo apretado de la muerte.

Una vez en a la playa, los salvavidas la dejaron después de arrancarla de los brazos del la muerte mientras que ella se quedó estupefacta y entumecida. La playa y el cielo parecieron a entrelazarse y confundirse, dando vueltas y agarrando ritmo cada vez más rápido, cada vez más caótico e incomprensible. “Tu has salido en bien estado para tu estatura, tu has aguantado bien,” los salvavidas le acertaron. “Ten cuidad con el mar, pregunta a nosotros antes de entrar para saber la nivel de peligro. Justo tu estabas en una zona muy peligrosa donde dos corrientes apuestos coincidieron convirtieron las aguas a jalar cualquier objeto adentro” y con eso los dos salvavidas valientes y heroicos desaparecieron sin huella.

Cada vez que regreso a las playas de Lima y al sur, un temor instintivo y inmediato me impide entrar al mar con el mismo afán e impaciencia que solía tener; aunque el mar sigue siendo el mismo que me solía a llamar, yo he perdido tras el incidente la confianza que le tenía una vez. Aunque el mar me permitió una gota de merced, si no fuera por las circunstancias afortunadas, la historia hubiera podido terminar en un tono más trágico o tal vez nunca habría la historia contada.

Poco después de mi rozo con el poder y la indiferencia del mar, era difícil recordarme los detalles de aquella experiencia. Solamente quedó en mi memoria irremediablemente la sensación del pánico, de la desesperación y de la voluntad obstinada de vivir y seguir hasta con el último aliento. Ahora cuando recuerdo aquel día, estoy condenada a revivirlo en mi mente con las memorias lucidas e impresionantes, con la sensación de perderme en un abismo sin salida, de una atrapada que le queda nada mas que hacer excepto luchar y seguir luchando por aire, por vivir. Las imágenes y sensaciones son tan intensas como estuviera ayer en vez de hace un año cuando todo eso ocurrió. Con dificultad, salgo de ese recuerdo y el mundo alrededor me parece lejano e intocable. El tejido de la vida, fuerte y delicado al mismo tiempo, se acerca pero tenuemente, con la posibilidad de interrumpirse y romper en cualquier momento desafortunado. Sacudiéndome del regusto, cruzo al espacio entre la memoria y el tiempo para regresar a la vida vivida en ese momento.

El mar y la playa para mi siguen siendo dos de las maravillas de la naturaleza y de nuestra planeta tierra; siguen siendo el destino de refugio, de reflexión, de inspiración, pero ahora también significa para mi mas que un misterio eterno, un mundo de peligros inadvertidos, de tormentas inesperadas, de vientos sin dirección y a veces, el destino final del descanso.

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