sábado, 11 de abril de 2009

Verano en Lima

Verano en Lima es compuesto de un sol radiante, los rojos y morados vivos del cielo poco antes del ocaso visto en la dirección del oeste, desde Callao hasta Barranco. Las nubes como plumas incansablemente intentan a alcanzar y lamer el punto de unión entre el mar pálido y el cielo bermejo. Cada mañana en la playa se vean los surfistas que regresan a su campo de juego fielmente y esperan con paciencia a la ola perfecta mientras que el sol súbitamente deja de iluminar el mar. La luz a esa hora es señal para los vendedores ambulantes de chirimoyas redondas y pulidas y plátanos dorados y plenos que ya es la hora de empezar el camino largo para regresar a la casa ubicada en las fronteras de la ciudad.

Las minifaldas y shorts de blanco, celeste, y otros colores pasteles destacan entre los pantalones negros de traje y los vestidos azules para la oficina. Un mar de ante piernas desnudas delgadas, estatuadas, peludas, lampiñas, varicosas, arcadas, huesosas se convierte las calles. Los pies que las acompañan están adornados con sandalias provocativas mostrando mesuradamente la piel abajo; otros esconden adentro de las sandalias pesadas y torpes, debajo de sus cueros anchos y gruesos; algunos tienen unos pelos rojos o rubios que relucen con los rayos del sol; otros llevan uñas delicadamente pintadas de rosado transluciente o de flores minúsculas. Cuerpos lisos, firmes y perfectamente bronceados, desde el cabello teñido con luz del mar hasta las piernas atléticas y formadas por las actividades playera se encuentra ostentando y dedicados a ir a la playa religiosamente…

En mi ciudad natal de China, Changsha, en la provincia de Hunan, el mar era un destino lejano de que solamente podíamos soñar pero el sueño duraba poco y rápidamente se fue al olvido siendo reemplazado por otro. Bordeando la ciudad esta el legendario río Xiang, cuyo nombre significa “río fragante”. Chacras de bambú crecido a tamaños monstruosos por el paso del los años y naranjos abundaban en la ribera donde jugábamos en la arena. La fragancia de los frutos y flores perfumaba el aire acompañaba por el rugo del río caudaloso de cuyos orillas nos eran invisibles y inexistentes. Para mis ojos de cinco años, el río era algo para temer y admirar; tener la osadía de sumergirse al río era el gran desafío de todo el verano y uno que nunca podía clamar a mi crédito hasta el día desafortunado en que fui obligada a ser sumergida por mi prima mayor que por una cuestión de 4 años dominaba mis temores y acciones

…el verano de Lima se permanece y se queda grabado con la lucidez completa, la de una pintura, de un acontecimiento mágico y primordial de la naturaleza; todos que lo conocen anhelan su regreso apenas que les despide. La dulce melodía de los pájaros reemplazan los despertadores ruidosos mientras que el sol deslumbra las paredes y la cara, entrando por la ventana. El calor y brillo del verano tienen el poder misterioso de retrasar el tiempo percibido convirtiendo más largos a los días somnolientos y a los besos calorosas que dejan su sabor mezclando con el sudor de la piel húmeda y resbalosa. Las brisas del mar dan un breve alivio durante las horas más infernales del día, rescatando un suspiro de agradecimiento por la presencia del mar cerca.

El verano se va y lleva con ello los viajes breves a la playa, los días lánguidos en la casa escapando el sol durante sus horas infernales, los cuerpos reluciéndose en ropa reveladora asesorada por una piel tostada ligeramente, las piscinas y otras apariencias de agua disparatas. Agua: encasillado en un vaso listo para tomar; cayendo del cielo en gotas gigantes y penetrantes que asaltan y empapan desde la ropa hasta los huesos; en globos de latex cuidadosamente preparados para el fin de ser reventados al contacto con su victima; la lluvia, que siempre ha sido un fenómeno de la naturaleza que al mismo tiempo es una bendición y una maldición, un “personaje inolvidable” en la descripción lírica de Pablo Neruda. Desiertos, como donde se ubica Lima, no hubieran podido ser inhabitados si no fuera por la ingenuidad de los pioneros que aprendieron a sobrevivir en una tierra que una vez érase inhospitable y deshabitado.

La cosa misteriosa de ese verano en particular es que había lluvias en el vasto desierto donde y como nunca habían. Un desierto plenamente seco, particularmente en los veranos, ha visto lluvias torrenciales cuando comparado con las lluvias habituales, garúas, que ocurren en el invierno, cayendo a la vereda como un suave golpecito se vuelven a ser lagrimas gigantescas y impregnables un recuerdo del poder impredecible y destructible de esas aguas divinas.

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