martes, 11 de noviembre de 2008

La vida y sueños

Sueños, sea en nuestra vida despierta, o nuestra vida soñando, son una fuente de inspiración, imaginación, misterios infinitos y repuestas indefinidas. Escribir, ya sea inspirado por sueños o la vida real, en las palabras del escritor brasilero, Paulo Coelho, es atreverse a buscar, encontrar y enfrentar nuestra alma, cuya omnipresencia es fácil olvidar; llevarla y comunicarla en el mundo físico, en nuestra vida. Viviendo, soñamos del futuro, del pasado, del presente. La increíble facultad de soñar resulta en que uno se puede equivocar pensando que es magia; pues no es magia, es el poder de guiar, de construir y modular el futuro por nuestras acciones y pensamientos del presente y del futuro cercano.

Hace un año yo estaba en mi dormitorio en la casa de mis padres, con todos mis recuerdos de mi adolescencia que había vivido en este cuarto con las paredes de rayas de colores pasteles, con fotos de mi con mis amigos del colegio, con mis primos en China; es una caja de tesoros llena de recuerdos. El tiempo allí no avanza, el tiempo en este cuarto para y muy lentamente retrocede hasta que llegue el punto en la infancia cuando la creación de los recuerdos comienza. En este cuarto, soñaba mucho porque era uno de los pocos recursos que tenia para reinventar la vida, para deshacer todo lo desagradable y doloroso, y reemplazarlo con todo de mis fantasías y deseos que solía esconder en el fondo de mi corazón. Ocultado, ellos no podían ser dañados ni destruidos porque existían mientras que yo existía, mientras que tenía consciencia y podía inhalar y exhalar, ellos no se distinguían. Mi cuarto era mi refugio y mi corazón era el refugio de mis sueños.

Un día, exhausta físicamente de mi entrenamiento en el gimnasio, entre mi cuarto y me tire en la cama. Mis ojos fijaron en el techo estrellado y brillando con plástico cortado en forma de estrellas. Me acorde este día en que decore mi techo con tanto entusiasmo y alegría, transformando mi cuarto a una imitación humilde del cielo afuera, infinito y estrellado con millones puntitos de brillo. Desde ese día, todas las noches, soñaba bajo las estrellas, en un mundo lleno de enigmas, algunas para descifrar, algunas para contemplar, otras para olvidar. Desde ese día, mi mundo se agrandó, en las noches mi cuarto se volvió todo un mundo, el mundo afuera que me invitó a tocar y respirar explorando sus destinos lejanos y foráneos. Los sueños variaban de noche a noche, a veces soñaba explorar una tierra envuelta en nieve, con sierras nevadas sin vida en el horizonte; a veces soñaba de festejos con fogata, música que despertó en mi una persona simultáneamente animal, salvaje, bella y humana, bailando con otros en una gran orgia. Lo que no cambiaba era lo que hallaba en el transfondo, lo estático e eterno: la búsqueda del amor y mi mismo.

En nuestras vidas, la vida real y nuestros sueños conyugan para transformar y reinventar lo que vivimos; no como la combinación de aceite y vinagre que mantienen perfectamente su propio ámbito, la mezcla es mas como un jugo surtido: la fruta como la vida en que extraemos lo que queremos; agua o leche, el entorno en que los sueños se transpira, y azúcar o miel, momentos de alegría para endulzar el jugo de vida. Al contemplar mi vida ahora, no es tan diferente a la que soñaba un año atrás: el jugo es delicioso e inolvidable.

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